
Son frutos de piel frágil, si el momento de madurez coincide con el de su recolección, sobre todo si el color alcanzado es negro azulado mate. Es en ese momento cuando alcanzan su esplendor gustativo. Poseen una dulzura agradable compensada por una acidez fresca y un gusto mohoso profundo con notas de especias, como el clavo; maderas blandas, como el cedro; hierbas aromáticas, como la menta; y florales, como la rosa. Si tuviera que juntarlas con otra fruta, sin duda elegiría la manzana, con la que comparten una afinidad natural.
Su papel ha sido en muchas ocasiones simplemente decorativo, como guinda de pasteles y tartas, por ejemplo, aunque existen muchas recetas en las que su aporte es fundamental: en los crumbles británicos, por ejemplo, acompañando a su pareja de baile, la manzana, rematados por una costra rocosa de mantequilla, harina, azúcar y almendra y con la tentadora mezcla de texturas de la compota de fruta y el crujiente, y a la vez terroso, efecto de la costra. También acompañando al chocolate blanco en forma de fondue, fundiendo éste para recubrir la baya y tomar en caliente, tal y como siempre hemos hecho a pie de mata. Tampoco desmerece su contraste con un helado de vainilla, estofándolas antes levemente con azúcar y terminándolas con unas gotitas de miel.

¡Salud!

