
Yo adoro esas flores. Por sus atractivas propiedades de textura y sabor, por las innumerables formas en que permiten ser cocinadas.
En ellas encuentro un sabor agradablemente amargo. Diría que con un regusto dulce, con notas de nueces.
La cinarina, una sustancia fenólica que aporta ese espléndido amargor, tiene el peculiar efecto de inhibir temporalmente los receptores de lo dulce en las papilas gustativas de modo que cuando se come un bocado y después se bebe, por ejemplo, un poco de cerveza, que lava la lengua, los receptores empiezan a funcionar de nuevo y el brusco contraste engaña al cerebro para que piense que acabas de tragar un líquido azucarado. Además, la cinarina les transmite sus mejores propiedades, tan beneficiosas para nuestro organísmo, y nos ayuda a regular el colesterol y proteger nuestro hígado, estimulando la segregación de ácidos biliares.

La mala noticia es que no encuentran buen ensamblaje con los vinos. Si acaso, con algún rosado. Y sólo cuando se fríen en aceite de oliva virgen extra.

La naturaleza nos regala estas delicias durante una larga temporada, entre el otoño y la primavera, ofreciéndomos muchas oportunidades de disfrutarlas de las mil y una formas en las que se pueden elaborar.
¡Buen provecho!
