
Tradicionalmente nos hemos encontrado con esta aromática en la clásica mezcla francesa finas hierbas junto al perifollo y el cebollino y en la también clásica salsa besarnesa que no es sino una holandesa, una emulsión de mantequilla, huevo y limón, con el toque anisado del estragón. Pero sus posibilidades son estimulantes para cualquier aficionado a la cocina ya que su carácter herbáceo, fresco y ese ligero amargor junto con sus toques anisados hacen que su aparición en los platos sea un signo de distinción: junto con las setas como alguna pleorotus y algún champiñón, con las que comparte ese sabor tan peculiar a anís y les aporta frescura a su terrosidad; o destacando el dulzor de los mariscos cociendo mejillones con un chorreón de albariño y un buen manojo de estragón; o aromatizando una mahonesa para aderezar un salmón a la plancha, por ejemplo, obteniendo un plato goloso y de sabores limpios; o equilibrando algunas verduras con toques dulces como los guisantes o la zanahoria, donde el amargo de nuestra hierba es fundamental.

Consigue obtener un buen emparejamiento también con frutas tan intensas como la piña, la fresa, el melón o la naranja, compartiendo con facilidad postres, salsas y aliños de una manera muy natural.
En definitiva, se puede utilizar con casi todas las carnes, desde el pollo, pasando por la ternera y haciendo méritos en las que más grasas contienen como el cordero segureño o cortes muy veteados del cerdo.
En nuestras cocinas lo utilizamos en dos aperitivos que me gustan especialmente como el yogur de foie y gel de naranja, y en las aceitunas rellenas de queso de cabra y anís.
Salud!

